Cristo no era insensible a la ignominia y la desgracia. Experimentó todo amargamente. Lo sintió más profunda y agudamente que lo que nosotros podemos sentir el sufrimiento, porque su naturaleza era más exaltada, pura y santa que la de la humanidad pecadora por quien sufría. Era la Majestad del cielo, era igual al Padre, era el Comandante de las huestes angélicas, y, sin embargo, murió por el hombre sufriendo una muerte que más que ninguna otra era considerada ignominiosa. Ojalá que los enaltecidos corazones de los hombres comprendieran esto. Ojalá que comprendieran el significado de la redención, y procuraran aprender la humildad de Jesús (A fin de conocerle, p. 338 ¿Quién puede comprender el amor manifestado aquí? La hueste angélica contempló con admiración y pesar a Aquel que había sido la majestad del cielo y que había llevado la corona de gloria, y ahora soportaba la corona de espinas, víctima sangrante de la ira de una turba enfurecida, inflamada de insana locura por la ira de Sat...