Aquí y ahora.


Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido. He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación. 2 Corintios 6:2.

Creemos sin duda alguna que Cristo va a venir pronto. Esto no es una fábula para nosotros; es una realidad. No tenemos la menor duda, ni la hemos tenido durante años, de que las doctrinas que sostenemos son la verdad presente, y que nos estamos acercando al juicio.

 Nos estamos preparando para encontrar a Aquel que aparecerá en las nubes de los cielos escoltado por una hueste de santos ángeles, para dar a los fieles y justos el toque final de la inmortalidad.

Cuando él venga, no lo hará para limpiarnos de nuestros pecados, quitarnos los defectos de carácter, o curarnos de las flaquezas de nuestro temperamento y disposición. Si es que se ha de realizar en nosotros esta obra, se hará antes de aquel tiempo.

Cuando venga el Señor, los que son santos seguirán siendo santos. Los que han conservado su cuerpo y espíritu en pureza, santificación y honra, recibirán el toque final de la inmortalidad.

Pero los injustos, inmundos y no santificados permanecerán así para siempre. No se hará en su favor ninguna obra que elimine sus defectos y les dé un carácter santo.

 El Refinador no se sentará entonces para proseguir su proceso de refinación y quitar sus pecados y su corrupción. Todo esto debe hacerse en las horas del tiempo de gracia. Ahora debe realizarse esta obra en nosotros.

Abrazarnos la verdad de Dios con nuestras diferentes facultades, y al colocarnos bajo la influencia de esta verdad, ella realizará en nosotros la obra que nos dará idoneidad moral paraformar parte del reino de gloria y para departir con los ángeles celestiales.

Estamos ahora en el taller de Dios. Muchos de nosotros somos piedras toscas de la cantera. Pero cuando echamos mano de la verdad de Dios, su influencia nos afecta.Nos eleva, y elimina de nosotros toda imperfección y pecado, cualquiera que sea su naturaleza.

Así quedamos preparados para ver al Rey en su hermosura y unirnos finalmente con los ángeles puros y santos, en el reino de gloria. Aquí nuestro cuerpo y nuestro espíritu han de quedar dispuestos para la inmortalidad.

                                                             No sustituye a la ley.



¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera. Romanos 6:15.

La sofistería de Satanás consiste en hacer creer que la muerte de Cristo trajo la gracia que reemplazó a la ley.

La muerte de Cristo no cambia o anula o debilita en el menor grado la ley de los Diez Mandamientos. Esa preciosa gracia ofrecida al hombre por medio de la sangre de Cristo, establece la ley de Dios. Desde la caída del hombre, el gobierno moral de Dios y su gracia son inseparables. Van de la mano a través de todas las dispensaciones.—Fe por la Cual Vivo, 91.

El Evangelio del Nuevo Testamento no es la norma rebajada del Antiguo para ponerla a nivel del pecador y salvarlo en sus pecados. Dios requiere obediencia de todos sus súbditos, obediencia total a todos sus mandamientos.

Jesús fue tentado en todo como nosotros, para que pudiera saber cómo socorrer a los que son tentados. Su vida es nuestro ejemplo. Muestra por su obediencia voluntaria que el hombre puede guardar la ley de Dios y que la transgresión de la ley, no la obediencia a ella, lo somete a servidumbre.

El hombre que ha deshecho la imagen de Dios en su alma mediante una vida corrompida, no puede efectuar un cambio radical en sí mismo mediante el mero esfuerzo humano. Debe aceptar las provisiones del Evangelio; debe reconciliarse con Dios por medio de la obediencia a su ley y la fe en Jesucristo.

De allí en adelante su vida será gobernada por un nuevo principio...Debe afrontar el espejo, la ley de Dios, distinguir los defectos de su carácter moral, y poner de lado sus pecados, lavando las vestimentas de su carácter en la sangre del Cordero.

La influencia de una esperanza evangélica no inducirá al pecador a considerar la salvación de Cristo como un asunto de libre gracia, mientras continúa viviendo en transgresión a la ley de Dios.

 Cuando la luz de la verdad amanezca en su mente y entienda plenamente los requerimientos de la ley de Dios y comprenda la amplitud de sus transgresiones, reformará sus caminos, llegará a ser leal a Dios por medio de la fortaleza obtenida de su Salvador, y vivirá una vida pura y nueva.—Testimonies for the Church 4:295.

                                                 Autor y maestro de la verdad.



Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz. Juan 18:37.

Cristo es el Autor de toda verdad. Toda concepción brillante, todo pensamiento de sabiduría, toda capacidad y talento, son dones de Cristo. Él no tomó ideas nuevas de la humanidad, porque es el originador de todo. Pero cuando vino al mundo, encontró las brillantes gemas de verdad que había confiado al hombre sepultadas en la superstición y la tradición. Las verdades de la importancia más vital estaban colocadas en el marco del error para servir al propósito del archiengañador.

Pero Cristo barrió las teorías erróneas. Nadie, salvo el Redentor del mundo, tenía poder de presentar la verdad en su pureza primitiva, desprovista del error que Satanás había acumulado para ocultar su belleza celestial.

La obra de Cristo consistió en tomar la verdad... y separarla del error para presentarla libre de las supersticiones del mundo a fin de que la gente la aceptara por su propio mérito intrínseco y eterno. Dispersó la niebla de la duda para que la verdad pudiera ser revelada y arrojara rayos luminosos en las tinieblas de los corazones de los hombres.

La verdad salió de sus labios investida de una nueva e interesante forma que le dio la frescura de una nueva revelación. Su voz nunca se apartó del tono natural, y sus palabras fluían con una seriedad y seguridad apropiadas a su importancia y a las enormes consecuencias que implicaba su aceptación o su rechazo.

Invitó a los hombres a aprender de él, porque él era una representación viviente de la ley de Dios. Era el único ser investido de humanidad que podía estar en medio de una muchedumbre y preguntar: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” Juan 8:46.